
“El Discurso del Método” de René Descartes, me parece uno de los textos más inteligentes y estimulantes que he leído. Lo conocí en profundidad por primera vez en 2º de Bachillerato, en las clases de filosofía. Desde entonces me gusta repasarlo de vez en cuando. En esta entrada me gustaría decir lo que entiendo en algunos de sus pasajes. No pretendo hacer un análisis profundo del pensamiento del autor, sino escribir un comentario personal de algunos fragmentos. Intentaré resaltar algunos de los valores y principios que Descartes nos va sugiriendo a lo largo de su escrito. Empezaré por la primera parte: Consideraciones que atañen a las ciencias.
Apenas empezamos a leer, nos encontramos con una frase de extraordinaria honestidad:
El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él, que aun aquellos que son más difíciles de contentar en todo lo demás, ni acostumbran a desear más del que tienen.
Todos nos creemos dotados de la mejor razón. Pero aún así, no acostumbramos juzgar esa razón. No nos cuestionamos si nuestra manera de pensar es la correcta. Solamente nos preguntamos si son correctos los argumentos que elegimos. No pensamos si el método que seguimos para escogerlos es el más adecuado.
Esta capacidad de razonar es común en todos los seres humanos, pero la manera en como decidimos emplearla es lo que nos hace diferentes. Pues no basta con tener la mente bien dispuesta, sino que lo principal es aplicarla bien. Esta parte me parece todo un manifiesto a favor de la igualdad del hombre. Las habilidades innatas no son lo más importante.
El mismo Descartes nos lo dice con humildad. Sus facultades son mediocres y ordinarias. Ya desearía tener el pensamiento tan ágil, o la imaginación tan nítida y precisa, o la memoria tan extensa o tan rápida como otros. Pero esto no importa, no es motivo para preocuparse. Ha encontrado una estrategia para mejorar su mente, un camino por el cual conducir sus pensamientos.
Este método fue elaborado después del difícil proceso de conocerse a sí mismo: un proyecto puramente personal con el que no pretende sentar cátedra. Decide explicárnoslo para que veamos como lo ha hecho él, pero no con el objetivo de adoctrinarnos, sino como una historia, o, si lo preferís, como una fábula.
Entre las cosas que me impresionan de este texto es la insaciable curiosidad de Descartes frente al conocimiento. En el Colegio de la Flèche, recibió una educación completísima con grandes maestros, que le permitió juzgar a todos los demás y darse cuenta de que ninguna de las disciplinas existentes era capaza de saciar su avidez de sabiduría. Aunque todas las disciplinas le parecen interesantes, no duda en criticarlas una por una.
Entonces aquí llegamos a uno de los momentos más interesantes de “El Discurso del Método”. El filósofo, al darse cuenta de la futilidad del aprendizaje de los libros y de los maestros, abandona los estudios. Pero con el objetivo de estudiar el gran libro del mundo. La idea me parece hermosa: el mundo como una enorme enciclopedia llena de personajes e historias con vida propia.
Dediqué el resto de mi juventud a viajar, a ver cortes y ejércitos, a frecuentar gentes de diversos talantes y condiciones, a recoger diversas experiencias, a ponerme a prueba a mí mismo en las ocasiones que la fortuna me deparaba, y a reflexionar siempre sobre las cosas que me salían al paso de manera que pudiese sacar en ellas algún provecho.
Desde luego, Descartes eligió un momento realmente interesante para rondar por Europa: el comienzo de la Guerra de los Treinta Años. Y las cortes y ejércitos no eran para nada triviales: nada más y nada menos que las del Sacro Imperio Romano Germánico. Estuvo presente en la Batalla de la Montaña Blanca y en el asedio de La Rochelle. Sin duda una experiencia de lo más interesante. Además no deja de ser curioso que en la Europa del siglo XVII – una época de fanatismo religioso (católicos contra protestantes) y de crisis continuas (guerras y hambrunas) – un hombre sólo se dedique a la reflexión. Resulta fascinante oír a alguien de esa época decir:
…aprendí a no creer demasiado firmemente en nada de lo que hubiese sido persuadido sólo por el ejemplo y la costumbre.
Es una labor admirable y temeraria al mismo tiempo, propia de un individuo íntegro que no tiene miedo a ser él mismo.

Batalla de la Montaña Blanca - 1620
Me parecía que podría encontrara mucha más verdad en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le importan, (…) que en los que lleva a cabo un hombre de letras en su gabinete sobre especulaciones que no producen ningún efecto ni tienen para él otra consecuencia que la de excitar, tal vez, su vanidad en tanto mayor medida cuanto más se alejen del sentido común, ya que habrá tenido que emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles.
Otra lección de humildad. La imagen del filósofo especulando y complicándose (sin otro objetivo que aumentar su ego) es casi grotesca, en contraposición con la simple búsqueda de la verdad. Esta no es tarea fácil y a la larga empezamos a desconfiar de todo aquello que nos digan. Y aún más si esta búsqueda se realiza a base de verdades y pensamientos ajenos. Por eso una vez más nos vuelve a mencionar la importancia de estudiarse uno mismo correctamente, tanto con la experiencia como con nuestra propia consciencia.
“El Discurso del Método” de René Descartes, me parece uno de los textos más inteligentes y estimulantes que he leído. Lo conocí en profundidad por primera vez en 2º de Bachillerato, en las clases de filosofía. Desde entonces me gusta repasarlo de vez en cuando. En esta entrada me gustaría decir lo que entiendo en algunos de sus pasajes. No pretendo hacer un análisis profundo del pensamiento del autor, sino escribir un comentario personal de algunos fragmentos. Intentaré resaltar algunos de los valores y principios que Descartes nos va sugiriendo a lo largo de su escrito. Empezaré por la primera parte: Consideraciones que atañen a las ciencias.
Apenas empezamos a leer, nos encontramos con una frase de extraordinaria honestidad:
El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él, que aun aquellos que son más difíciles de contentar en todo lo demás, ni acostumbran a desear más del que tienen.
Todos nos creemos dotados de la mejor razón. Pero aún así, no acostumbramos juzgar esa razón. No nos cuestionamos si nuestra manera de pensar es la correcta. Solamente nos cuestionamos si son correctos los argumentos que elegimos. No pensamos si el método que seguimos para escogerlos es el más adecuado.
Esta capacidad de razonar es común en todos los seres humanos, pero la manera en como decidimos emplearla es lo que nos hace diferentes. Pues no basta con tener la mente bien dispuesta, sino que lo principal es aplicarla bien. Esta parte me parece todo un manifiesto a favor de la igualdad del hombre. Las habilidades innatas no son lo más importante.
El mismo Descartes nos lo dice con humildad. Sus facultades son mediocres y ordinarias. Ya desearía tener el pensamiento tan ágil, o la imaginación tan nítida y precisa, o la memoria tan extensa o tan rápida como otros. Pero esto no importa, no es motivo para preocuparse. Ha encontrado una estrategia para mejorar su mente, un camino por el cual conducir sus pensamientos.
Este método fue elaborado después del difícil proceso de conocerse a sí mismo: un proyecto puramente personal con el que no pretende sentar cátedra. Decide explicárnoslo para que veamos como lo ha hecho él, pero no con el objetivo de adoctrinarnos, sino como una historia, o, si lo preferís, como una fábula.
Entre las cosas que me impresionan de este texto es la insaciable curiosidad de Descartes frente al conocimiento. En el Colegio de la Flèche, recibió una educación completísima con grandes maestros, que le permitió juzgar a todos los demás y darse cuenta de que ninguna de las disciplinas existentes era capaza de saciar su avidez de conocimiento. Aunque todas las disciplinas le parecen interesantes, no duda en criticarlas una por una.
Entonces aquí llegamos a uno de los momentos más interesantes de “El Discurso del Método”. El filósofo, al darse cuenta de la futilidad del aprendizaje de los libros y de los maestros, abandona los estudios. Pero con el objetivo de estudiar el gran libro del mundo. La idea me parece hermosa: el mundo como una enorme enciclopedia llena de personajes e historias con vida propia.
Dediqué el resto de mi juventud a viajar, a ver cortes y ejércitos, a frecuentar gentes de diversos talantes y condiciones, a recoger diversas experiencias, a ponerme a prueba a mí mismo en las ocasiones que la fortuna me deparaba, y a reflexionar siempre sobre las cosas que me salían al paso de manera que pudiese sacar en ellas algún provecho.
Desde luego, Descartes eligió un momento realmente interesante para rondar por Europa: el comienzo de la Guerra de los Treinta Años. Y las cortes y ejércitos no eran para nada triviales: nada más y nada menos que las del Sacro Imperio Romano Germánico. Estuvo presente en la Batalla de la Montaña Blanca y en el asedio de La Rochelle. Sin duda una experiencia de lo más interesante. Además no deja de ser curioso que en la Europa del siglo XVII – una época de fanatismo religioso (católicos contra protestantes) y de crisis continuas (guerras y hambrunas) – un hombre sólo se dedique a la reflexión. Resulta fascinante oír a alguien de esa época decir:
…aprendí a no creer demasiado firmemente en nada de lo que hubiese sido persuadido sólo por el ejemplo y la costumbre.
Es una labor admirable y temeraria al mismo tiempo, propia de un individuo íntegro que no tiene miedo a ser él mismo.
Me parecía que podría encontrara mucha más verdad en los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le importan, (…) que en los que lleva a cabo un hombre de letras en su gabinete sobre especulaciones que no producen ningún efecto ni tienen para él otra consecuencia que la de excitar, tal vez, su vanidad en tanto mayor medida cuanto más se alejen del sentido común, ya que habrá tenido que emplear tanto más ingenio y artificio en tratar de hacerlas verosímiles.
Otra lección de humildad. La imagen del filósofo especulando y complicándose (sin otro objetivo que aumentar su ego) es casi grotesca, en contraposición con la simple búsqueda de la verdad. Esta no es tarea fácil y a la larga empezamos a desconfiar de todo aquello que nos digan. Y aún más si esta búsqueda se realiza a base de verdades y pensamientos ajenos. Por eso una vez más nos vuelve a mencionar la importancia de estudiarse uno mismo correctamente, tanto con la experiencia como con nuestra propia consciencia.